Ya está.
Lo tengo decidido: voy a dejar este trabajo y voy a dedicar todos mis esfuerzos profesionales a montar mi propia empresa.
Llevo unos meses dándole vueltas, el gusanillo se me ha metido en el cuerpo y creo que ha llegado el momento de abandonar la comodidad y la seguridad que dan un buen puesto de trabajo de mando intermedio, una magnífica nómina cada mes y una empresa sólida y responsable respaldando cada decisión que tomo para embarcarme en una aventura incierta pero tan ilusionadora como hacía tiempo que no sentía.
Así que hay que comenzar los pasos para dejar esta empresa “como un señor” (que el mundo es un pañuelo y hay que ser siempre un caballero).
Lo primero, revisar el contrato; comprobar qué cláusulas tengo, si hay tiempo de “carencia”, el plazo que debo dar, penalizaciones… echar números y saber cuánto me va a costar el cambio.
Lo segundo, dejarlo todo más o menos encarrilado; clientes contentos, informes acabados y todas las órdenes dadas para que no sea demasiado traumático el irme.
Lo tercero, redactar la carta de renuncia, echarle valor y tragarme el miedo y la angustia. Una vez que entregue la carta, todo habrá pasado y sólo quedarán 15 días para abandonar el barco.
¿Cómo se lo tomarán?
¿Qué dirán mis compañeros?
¿Cómo será dejar esta empresa en la que llevo tantos años? ¿Será al estilo que se ve en las películas, llevándomelo todo en una caja?
Por lo pronto me plantearé una fecha para forzarme a dar todos los pasos que el sentido común me dicta. Pero por lo pronto, la gran decisión está tomada: me voy a emprender en solitario.